El primer estudio estadístico sobre los estados emocionales y el cáncer fue realizado en 1893 por Snow con 250 pacientes de cáncer de mama y de útero en el Hospital del Cáncer de Londres: revisando sus historias, “43 de ellas permitían pensar en un daño físico, otras 33 hablaban de privaciones y de mucho trabajo y 156 habían sufrido un gran pesar inmediatamente antes, a veces de forma muy punzante, como la pérdida de un familiar muy próximo. Sólo en 19 no había historial (traumático-emocional)desencadenante“.
Ya en 1959, Eugene P. Pendergrass, presidente de la Sociedad Americana contra el Cáncer, señalaba: “Todo el que tenga amplia experiencia en el tratamiento del cáncer es consciente de que hay grandes diferencias entre los pacientes [...] Yo personalmente he visto pacientes que se han sometido a tratamientos que han sido un éxito y han vivido bien durante años. Entonces un shock emocional como la muerte de un hijo, la ingratitud de una nuera o la carga de un largo periodo de desempleo, parece precipitar los factores de reactivación de la enfermedad, lo que lleva como consecuencia a la muerte [...] hay evidencias consistentes de que el curso de la enfermedad se ve afectada por las angustias emocionales [...] mi sincera esperanza es que podamos ampliar la investigación para incluir la posibilidad de que en el interior de la propia mente hay un poder capaz de manejar fuerzas que pueden acelerar o retrasar el progreso de la enfermedad“.
Autor: Pablo Pérez García, Psicólogo y Psicooncólogo, Col. O-2138
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Gijón, Asturias.
Bibliografía:
Matthews-Simonton S, Simonton OC, Creighton JM: “Recuperar la salud”, Ed. Los Libros del Comienzo, 1988.